La vida siempre te muestra el lado opuesto

No me extrañaría que en el pasado haya titulado otra de mis columnas bajo este mismo nombre; es una frase recurrente en mí, pues estoy convencida de que existe alguna especie de orden en este universo, materializada, ya sea a través de una entidad corpórea, o de una ráfaga de energía pululante que de alguna manera se las ingenia para mostrarnos la vida desde un ángulo a partir del cual nunca antes la miramos.

Según mis creencias, aquella suerte de deidad ordenadora del cosmos exhibe como cualidad la ironía, por lo que se complace de vernos precisamente en el mismo sitio que alguna vez criticamos.

Es así como la señora más recatada del barrio, aquella que miró con desconfianza el aro del hijo de su vecina, debió asumir con espanto que el tatuaje en la espalda de su retoño era una marca indeleble; o como el empleado más crítico del jefe debió bajar la cabeza cuando por algún hecho fortuito se vio desempeñando el cargo de su exvíctima y aguantando los comentarios malintencionados de algún tercero, antes colega, ahora subalterno.

Heme aquí, con nueve meses de embarazo y nueve mil molestias físicas diferentes, las cuales he padecido desde el quinto mes. Creo que lo único desagradable de mi estado de gravidez anterior fueron unas noches de calambres y los primeros cuatro meses de náuseas. El resto del tiempo fue todo miel sobre hojuelas. Caminaba unas quince cuadras diarias desde la universidad a mi departamento, porque disfrutaba caminar. Visitaba a mi abuela o iba de compras en micro y cada fin de semana viajaba en bus para regresar al hogar paterno y luego comenzar la semana académica.  Mi vasta energía y la ausencia de molestias físicas me confirieron para el resto de mi vida la autoridad suficiente como para mirar con recelo a la embarazada quejumbrosa, aquella que aduce dolores que yo nunca tuve. Y sólo por eso, porque yo nunca los tuve mi soberbia era tremenda y mi eslogan: “El embarazo es un estado natural, no una enfermedad.” ¿Dolores de espalda?, ¿por qué? por favor, el organismo se adapta ¿ya? ¿Dolores pélvicos? ¡Ay Dios! inventos de mujeres mañosas, yo hice ejercicios durante todo mi embarazo.

Molestias al colon, dolores pélvicos y de cola. Al caminar una sensación de retumbe en alguna zona que pudiese ser mi útero, pelvis, ligamento, vejiga, quién sabe qué cosa; he tomado conciencia de áreas de mi cuerpo que nunca antes supe que estaban ahí. Ahora entiendo a las embarazadas, al resto de las embarazadas. No a la grávida polola de Superman que alguna vez fui; sino a las mortales. Ahora entiendo a la gente que padece dolores de huesos, porque ya supe lo que son. Puedo empatizar con las molestias de mi suegra; ella y su dolor de espalda y yo en algún momento diciéndole “debe cuidarse, no haga tantas cosas. Descanse”. ¡Ja! eso mismo que hoy escucho de otros y lo mismo que debe haber pensado mi suegra cuando oía mi consejo “Si no lo hago yo, ¿quién lo hace? pucha que es fácil así”. Ahora estoy en condiciones de interpretar la expresión de desagrado de mi abuela cuando se quejaba de su reflujo, cuando ella seguramente auguraba que pasaría otra maldita noche sintiendo ese ácido quemando su garganta, pero yo en ese tiempo pensaba que el reflujo era otra cosa, ¿exceso de gases? quizás; no entendía porque nunca lo había experimentado. Ahora entiendo a la embarazada que hace valer su derecho en la caja preferencial. Debo reconocer que en mi embarazo anterior me causaba molestia que el guardia del banco me llevara hasta aquella fila sin que yo se lo pidiera, pues este hecho iba contra mi eslogan “es embarazo, no enfermedad” y hoy en día me da rabia que a los guardias de los supermercados de mi ciudad les falte iniciativa propia para velar porque mi derecho se cumpla. Debo ir yo donde ellos y explicarles “estoy embarazada” como si la barriga por sí misma no bastase, ¿qué pensarán? ¿que es de utilería? y luego aguantarme los comentarios gallináceos (co-cocococo) de la ‘ñora que queda detrás de mí reclamando porque ella llegó antes. Me muerdo, me muerdo la boca para no decirle lo que pienso, pero internamente espero que dirija sus palabras hacia a mí para proferirle algún comentario mordaz.

Lo positivo de mi estado es que es transitorio, sin embargo, algo en mis cogniciones cambió de forma perenne. Aprendí una lección: es simple juzgar a otros desde los parámetros propios. Cuando se hace desde una perspectiva que no se ha experimentado, es cuando se pone en práctica la empatía.

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Julieta Salinas Apablaza

Julieta es escritora, particularmente sensible a su entorno y observadora del mundo que nos rodea.