La historia no contada del Tucho Caldera II parte y final

A 62 años del fusilamiento en Santiago del condenado sanfelipeño Alberto Hipómenes Caldera, nos introdujimos en su historia, para atar algunos cabos sueltos, no solo sobre el caso, sino también sobre la línea familiar del asesino y su último destino en un cementerio de la capital.

El Inspector e investigador René Vergara de la Policía de Investigaciones, logró resolver gran parte del caso.

En medio de las investigaciones por la muerte de Demetrio Amar, un periodista fundó la Brigada de Homicidios (BH) en 1949. Se llamaba René Vergara y además de detective y escritor, con siete libros publicados, también fue boxeador y autor de letras de tango. Su participación en el caso, le dio gran cobertura mediática, pues gustaba de relacionarse con los fotógrafos y periodistas que cubrían los entretelones del crimen.

Oficiales de la Policía Civil junto al empleado que enterró clandestinamente el cuerpo de Demetrio Amar. Los hombres se disponen a comenzar la excavación.

En Santiago el Presidente Gabriel González Videla seguía con atención los entretelones del caso. No quería lo peor: que el Tucho fuese hallado culpable pues se vería enfrentado a decidir darle el indulto o no. Caldera había sido su empleado en un fundo que compró mientras visitaba la zona junto a su amigo y correligionario Radical Pedro Aguirre Cerda para las celebraciones de los 200 años de la ciudad.

Aníbal Chaparro, el inquilino al que Caldera pagó para que enterrara los restos de su patrón. El hombre fue obligado a posar en el lugar del entierro junto al cráneo de la víctima.

Al final, no le entregó el indulto –quizá por el costo político de perdonar a un matón y ex militante del mismo Partido Radical- y Caldera fue fusilado la mañana del 6 de octubre en la Penitenciaría de Santiago. Sin embargo, le concedió a la familia y amigos Radicales que mantenía en común en la zona dos beneficios muy raros para la época: en primer lugar no permitió el ingreso de periodistas al paredón, constituyéndose en el único fusilamiento de este tipo. Y en segundo lugar pagó todo el proceso de entierro, lo que incluyó costear un entierro falso para distraer a curiosos y periodistas en el Cementerio General, donde hoy existen los registros de la sepultura, más no los del Tucho.

En paralelo, se compró una tumba nueva, en un pasillo de nichos levantado solo a partir de este entierro en el “Patio de los Arrepentidos”, hasta donde hoy, algunos devotos de Caldera acuden para pagar alguna manda.

La Familia Caldera hasta Alberto

La prensa de la época terminó por bestializar la figura de Alberto Caldera, conocido como el Tucho. Mucho de lo que se escribió sobre él no es cierto, pero para la posteridad quedó de manera imborrable que  el “Tucho Caldera” ya había pagado dos homicidios en la ex Penitenciaría de Santiago y uno en San Felipe. Le colgaron extrañas muertes, como la de un hermano menor que nunca quedó claro si fue suicidio o asesinato, y la de una sirvienta que, por desobedecerle, murió devorada por los mastines de Caldera en un “accidente”.

Para la prensa de la época “él era un sujeto astuto, sádico, avaro, matón y cruel. Gozaba haciendo sufrir a los animales. Arrojaba perros vivos al fuego”. Sea así o no, en el San Felipe de 1940 la figura de los Caldera era respetada como la de una familia ligada a la fibra de la historia de la ciudad ya que, por ejemplo, un tío abuelo del Tucho era el héroe sanfelipeño, Benigno Caldera, a quien una calle honra su memoria. Fue también bisnieto de Gaspar Cabrera, quien junto a Jerónimo Hurtado (Médico del Vaticano) certificó la sangre de San Francisco de Asis en estudios solicitados por la Santa Sede.
Por su sangre también corría las huellas de don Juan Antonio Caldera Hurtado, su tátara abuelo 2º, quien llegó a ser alcalde de Santiago en 1796, y que a su vez se encontraba casado con doña Luisa de Toro Mazote, hermana de Andrés de Toro Mazote Hidalgo, el mismo que donó los terrenos para que se levantara la entonces, villa de San Felipe el Real.

Y la lista de antecesores sigue. Don Ramón Luco Caldera fue primer alcalde de San Felipe en 1819, le sucedió don Francisco de Paula Caldera en 1920, y don Belisario Caldera lo hizo en 1876, todos de la misma línea de Alberto Caldera.

Sin ir más lejos, cuando camine usted por la esquina de Salinas y Prat en la ciudad de San Felipe, acérquese hasta la estatua  que posa mirando a la misma calle donde se cometió el crimen. ¿La modelo? Doña Ana Luisa Caldera, tía abuela del malhechor sanfelipeño.

Huellas del pasado

Dicen que el tiempo lo borra todo, pero en la ciudad se sabe que la distancia que tomaron los Amar y los Caldera fue dolorosa hasta el día de hoy.

El móvil del crimen fue apropiarse de la fortuna de Amar, que en dinero de hoy, sería algo así como unos 500 millones de pesos.

Donde ocurrió el crimen, hoy existe un edificio de locales comerciales. Donde el Tucho quemó parte de los restos de Amar, hoy funciona un comando político. Donde los restos fueron enterrados clandestinamente hoy crecen sabrosos viñedos. Y en el “Patio de los Arrepentidos”, donde descansan los restos del asesino, hoy una vela se enciende para recordar los 62 años del fusilamiento de uno de los criminales más recordados en la historia policial local.

Investigación: Pedro Muñoz Hernández
Fotografías: Archivo MiPatrimonio

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