Opinión: El rostro amable que llegó para cambiarle la cara a un mal vecino

Asumió como Gerente de Sustentabilidad. Es Geógrafo de la Pontificia Universidad Católica de Chile con postgrado en Gestión y Ordenamiento Ambiental de la Universidad de Santiago de Chile. Experta en Prevención de Riesgos de la Industria Extractiva Minera y Auditor Líder en Sistema de Gestión Ambiental y en Sistemas de Gestión de Seguridad y Salud Ocupacional. Posee más de 20 años de experiencia ligada a la industria minera. Se ha desempeñado, entre otros, como Ingeniera en Gestión Ambiental de la ex División Radomiro Tomic, fue Directora de Gestión de Riesgos y Directora de Sustentabilidad de Minera Gaby. Eso y otras cosas más dicen sus cartones colgados en su oficina, y un montón de entrevistas en revistas mineras.

Hace poco comenzó a aparecer en los medios co-financiados por Codelco para intentar acercarse a la gente con su discurso de “buena onda” y no ser despreciada por las bases ciudadanas que miran con recelo a cualquier personaje que debajo del brazo traiga una carpeta con el rotulo de “244”.

Es Sandra Riquelme Polanco, la nueva Gerente de Sustentabilidad y Asuntos Externos de la División Andina. Tiene dos hijos, se ha subido a esos camiones gigantes que la gente ve por la tele, no le hace asco a la producción minera a pesar de ser una opositora acérrima de cualquier cosa que contamine. Detesta a la gente que lanza papeles a la calle y tiene la manía de andar apagando las luces detrás de la gente. Lleva la bandera de la eficiencia energética como emblema de vida, y no tiene tapujos en corregirle algún escrito a quien sea pues detesta la mala ortografía.

Pocas veces le hablo a quien no conozco, menos si es mujer, es solo por una costumbre deformada desde pequeño. Pero la ocasión lo amerita. Y ya que doña Sandra anda dando vueltas por su nuevo vecindario para conocer a los nuevos vecinos aprovecho de decirle cosas que probablemente la patota de sobadores de espalda no se atreven: Codelco ha hecho un pésimo trabajo en el vecindario. Claro tiene su jardín impecable, pero ha barrido la basura debajo de la alfombra de los vecinos.

Partió por arruinarnos las reservas de aguas en los glaciares de la alta cordillera, cuestión por la cual usted habrá leído tantas historias del río Aconcagua que hoy no existe. Porque ese pichiruche hilo de agua maloliente no es lo que había antes. La empresa en la que usted trabaja se encargó de convertirse en la mayor compañía minera destructora de glaciares del mundo, y eso usted ya debe saberlo hace rato.

Como si eso fuera poco mató a varios de sus colaboradores, y recién un par de décadas después vino a compensar a sus familias, pero solo porque un tribunal los obligó.

Usted viene del norte, donde las mineras se pelean por ser la primera en colocarle un techo de cobre a las escuelas de cabros chicos en Calama o Chiu Chiu. Se ganan el “quien vive” para regalar pasamanos de cobre en alguna posta rural. O hasta juegan al “Cachipúm” por regalar becas a los jóvenes más aventajados.

Acá es distinto. Codelco compite con pirquineros que con suerte tienen para comprarle los uniformes a sus cabros. Acá compiten con mineras chinas que traen a sus trabajadores a la mala metidos en cajas de madera y pagándoles el mínimo. Definitivamente Codelco acá no tiene competencia y eso lo convirtió en un vecino que se conformó con tenerles una granja con cuatro pollos y un avión pintado de naranja, pasando avisos publicitarios en el único canal de televisión que, por lo mismo está obligado a encontrarles todo bueno. Un vecino que solo dice “Ups!” cuando se les rompe un sello o una puerta queda mal cerrada y de “casualidad” se le dan vuelta unos cuantos miles de litros de concentrado al río, jurando que la gente se tragó el discurso del día siguiente que habla de “sumarios” o “tranquilidad”.

Estimada Sandra quiero decirle que eso cambió hace un buen rato, por algo usted llegó acá. Usted no se quede dormida en sus laureles como lo hicieron los que antes se sentaron en su oficina.

Sobre usted algo me dice que se le puede creer, no me pregunte qué es, pero siento que escribirle unas líneas no será en vano. Quizá sea  porque amo las fotografías igual que usted. Y tal como a usted me dan arcadas con el pimentón en el plato y al igual que a usted, me dan ganas de golpear al imbécil que lanza basuras por la ventana del auto.

Doña Sandra, Codelco Andina no hizo bien la pega en el vecindario, y en los últimos años se echó sobre los huevos sin incubar uno solo.

No sacamos nada con saber de las propiedades antimicrobianas del cobre si en la zona no tenemos siquiera un “parche curita” de cobre. Los calcetines con micro partículas de cobre tienen ya ¿20 o 30 años? … y la señora Juanita tiene que ir a pasar la tarjeta (de esas que se repactan solas) para poder comprarle 1 solo par a un precio que duplica lo que le cuesta a un gringo el mismo producto.

¿Qué sacamos con leer en la prensa que en la súper granja nació un guanaco, si 20 cóndores se envenenan en sus narices y todo el mundo se encoje de hombros?

Cuando alguien habla de “socialización” del proyecto 244 me recuerdo la cara de compungido de Manuel Rivera en el Salón de Honor de la Municipalidad de San Felipe diciendo: “no vinimos antes a exponer el proyecto acá porque ustedes no se verán afectados”. Fue tragicómico, como si las olas se formaran a diez metros de la orilla.

La oposición al proyecto 244 nació en los 80′ y no ahora. La oposición al 244 no comenzó con una pancarta defendiendo el río Aconcagua. La oposición al 244 no se gestó en Quillota con la primera asamblea opositora. La oposición al 244 nació mucho antes. Nace cuando la gente que vio destruir su entorno la primera vez, no recibió las explicaciones necesarias, y los niños que crecieron escuchando de relaves y vertederos tóxicos ahora salieron de la universidad, usan Twitter y Facebook. Se reúnen, se comparten, se pronuncian, y tienen la película súper clara: Codelco no ha sido un buen vecino.

Pero llegó la hora de entendernos, y usted con su rostro afable y sonriente, debe hacer la pega que en treinta años nadie hizo en serio.

Por Pedro Muñoz H.

 

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