«Esa maldita Bicicleta Blanca»

(Por Pedro Muñoz)

Existen dos cosas que unen a las personas desconocidas para toda una vida: la tragedia y la solidaridad.

Que tu madre salga como todos los días a sus clases de yoga y luego a comprar cosas para el almuerzo, pero te avisen de un telefonazo que mientras volvía en su bicicleta fue arrollada por un automóvil y ya no regresará porque murió tras el accidente: eso es una real tragedia.

Que tu padre se despida del colegio en el que trabajaba deseando volver el lunes siguiente, mientras en casa lo esperan para tomar las onces, pero un telefonazo te avise que lo atropellaron en su bicicleta y que ya no regresará porque falleció: eso es una real tragedia.

Que tu esposo instale el árbol de pascua y salga a la ciudad para comprar algunos regalos y te llame para preguntar qué lleva desde el supermercado y se despida con un beso a la distancia… pero que en  unas horas te llamen para decirte que ese beso ya no se lo podrás dar porque un sujeto lo atropelló cuando venía con su bicicleta y ahora está muerto: eso es una real tragedia.

Que conozcas de estos tres casos que dieron origen a la colocación de bicicletas blancas en San Felipe y que te expliquen que los tres conductores siguen con sus vidas como si nada, y continúan manejando sus vehículos sin preocupaciones: eso es una real tragedia.

Que después de un año de que colocamos la primera bicicleta blanca han ocurrido 52 atropellos de ciclistas con lesiones graves y aún no se sanciona a ningún conductor: eso es una real tragedia.

[pullquote]Esa maldita bicicleta blanca que nos recuerda a diario que una promesa política, social y hasta cultural, puede salvar otras vidas, otros besos y otros abrazos. Ese simple ícono resistido y maldecido por los asesinos casuales de tres familias que imploran el NO olvido, lo único que pretende es abrir tus ojos y recordarte que la tragedia unió a un puñado de seres humanos que de otro modo no se habrían entrelazado con tanta fuerza.[/pullquote]

Que la fiscalía archive esas causas porque ha tenido la fortuna de enfrentar como víctimas a familias “no acomodadas”, apacibles y sin intención de venganza, y se cuelgue de la estadística que dice que el 94% de los atropellos a ciclistas queda sin sanciones para el conductor del vehículo motorizado: eso es una real tragedia.

Que en las calles siga existiendo una competencia desleal por los espacios viales entre automóviles y ciclistas a riesgo de más accidentes y muertes: eso es una real tragedia.

Que un alcalde anuncie 20 kilómetros de ciclovías en tu cara y luego de casi tres años no exista ni un metro de ellas: eso es una vergüenza.

Y mientras tanto sigo contemplando esa maldita bicicleta blanca que nos une dolorosamente con una realidad, y cuya silueta sigue congregando a tres familias que en su llanto por la pérdida, por la ausencia y por el espacio vacío que no se llenará, siguen intentando retroceder el tiempo para alcanzar a dar ese beso que no pudieron entregar.

Esa maldita bicicleta blanca que nos recuerda a diario que una promesa política, social y hasta cultural, puede salvar otras vidas, otros besos y otros abrazos. Ese simple ícono resistido y maldecido por los asesinos casuales de tres familias que imploran el NO olvido, lo único que pretende es abrir tus ojos y recordarte que la tragedia unió a un puñado de seres humanos que de otro modo no se habrían entrelazado con tanta fuerza.

Mientras las autoridades se siguen mirando a la cara para intentar resolver el puzle vial que se nos formó con el tiempo, en calles que no están diseñadas para resistir más automóviles, ese puñado de pedaleros solo quisiera volver el tiempo atrás y no haber colocado nunca esa maldita bicicleta blanca que nos une con el dolor de una sociedad que prefirió motorizarse en lugar de emplear la saludable fuerza humana. Que prefirió el sonido de los contaminantes tubos de escape, en lugar del tintinear de una campanilla. Que prefirió el estrés de la conducción motorizada, el pago de patentes, la compra de combustibles en lugar de la libertad de pedalear por los espacios utilizados desde mucho antes que los automóviles.

Aunque nos duela, no cerraremos los ojos para dejar de mirar esa maldita bicicleta blanca que se transforma en una obligación moral para las autoridades de turno y que nos recuerda que un ciclista luchó por su espacio y cayó en el intento de ser libre y feliz, amando y besando a la distancia a quienes se rehúsan a olvidar.

A la memoria de doña María Ibacache
Ciclista de la tercera edad inspiradora de la primera bicicleta blanca de San Felipe en el aniversario de su muerte.

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