Opinión “La otra cara de la adultez mayor”

ABUELITA ASALTADA EN SAN RAFAELPor Patricia Boffa Casas
Siempre que hablamos de la realidad de la adultez mayor en nuestro país, nos enfocamos en la organización que han logrado muchos de quienes conforman este segmento de la población nacional, así como también en la posibilidad de optar a fondos para su fortalecimiento, en el acceso a la salud y los avances en esa materia, en fin, hablamos normalmente de muchos de aquellos adultos mayores que tienen la capacidad de verbalizar sus necesidades, de agruparse y consolidar una labor para su propio beneficio.

Sin embargo, en estos días fríos, no puedo sino poner en el tapete, la realidad de un segmento que parece estar al margen, de aquellos que pudiendo tener casa, están solos; de aquellos que si bien tienen una pensión, esta no les alcanza para vivir de manera digna; aquellos que pareciera están condenados a terminar sus días no solo enfermos del cuerpo, sino también del alma como resultado del abandono, de la soledad y también el desamparo.

Me alegró mucho saber que en San Felipe, como en muchos otros puntos de nuestro país, se han conformado mesas provinciales del adulto mayor, las que buscan favorecer instancias de trabajo conjunto, de manera articulada para atender los requerimientos que presentan.patricia boffa casas

Según la Encuesta Casen de 2013, el 16,7 por ciento de la población de nuestro país es adulto mayor, lo que refleja como muchos hablan, el hecho que la esperanza de vida en Chile, es cada vez más alta.

De ese porcentaje, la mayor cifra se concentra en sectores rurales, donde muchos de ellos no tienen acceso a las organizaciones, clubes, programas de apoyo u otras instancias que permitan protegerlos y velar por sus derechos.

Nadie puede desconocer el hecho que nuestro país ha avanzado en esta materia. La misma institucionalidad, reflejada en el SENAMA, da cuenta de ello. Y por cierto, la articulación y coordinación de acciones por parte de autoridades y servicios públicos para atender los requerimientos de nuestros adultos mayores también lo corroboran.

Pero no puedo dejar de insistir en aquellos que están en condición de abandono. Aquellos que ni siquiera son enviados a hogares o a establecimientos de larga estadía. Preocupan aquellos que están enfermos y a veces ni nos enteramos de ello. Esos que “bajan al pueblo” una vez al mes para “pagarse” y comprar lo que necesitan para el mes, pero que a veces ni siquiera pueden hacerlo, pues la distancia, el transporte y también las enfermedades les juegan en contra.

¿Qué estamos haciendo ante este grupo de chilenos?

Me hizo sentido escribir este artículo, luego de escuchar la historia de un adulto mayor que vive solo y que presenta dificultades para desplazarse, que asegura que puede seguir solo, pero que siente una enorme pena y angustia, cuando al sufrir una caída, no tiene quien le ayude a ponerse de pie.

Y ahí tenemos una deuda pendiente, que no pasa necesariamente por la buena voluntad que tienen algunos vecinos, por “ayudar a la abuelita que vive sola”, sino por cómo el Estado se hace cargo de personas que habitan rincones apartados y no tanto, que se sienten desamparados y que quizás, aspiraron cuando jóvenes, a contar sus historias de vida a sus nietos y estos, simplemente, desaparecieron.

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