Procesarían a 5 militares por crímenes de Achú y Wegner en 1973

El Ministro de la Corte de Apelaciones de Valparaíso don Julio Miranda Lillo, que investiga las circunstancias en que se dio muerte a Absalón del Carmen Wegner Millar y el jóven Rigoberto Achú Liendo, la tarde del 13 de diciembre de 1973 dictaría procesamientos este jueves en el Juzgado del Crimen de San Felipe contra 5 militare que, según el ministro estarían involucrados de manera directa.

Aunque aún no existe la confirmación oficial, SoyAconcagua.cl pudo conocer que se trataría de los militares Héctor Orozco Sepúlveda, Milton Núñez Herrera, Dr. Raúl Navarro Quintanilla, Sergio Jara Arancibia y el teniente Pedro Lovera Betancourt (involucrado también en otras causas de derechos humanos), estos últimos dos no habían sido nombrados en la serie de diligencias que el Ministro realizó en la zona en el último tiempo.

La versión oficial de estos crimenes fue que a los detenidos se les aplicó la conocida «Ley de Fuga», y que el lugar de la muerte de ambos fue en un lugar diferente del que sindican los testigos del hecho, esto es en la mismísima entrada del acceso a la cárcel de San Felipe en Molina 10.

El registro oficial entregado a los tribunales militares y al periódico El Mercurio señaló: “Alrededor de las 22:30 horas de la noche del jueves (13-12-73), en circunstancias que ya habían prestado declaración en la Fiscalía Militar en el Regimiento Yungay, estas personas, que se disponían a regresar a la Cárcel Pública en un vehículo de dicha Fiscalía éste quedó en panne a sólo 60 mts del establecimiento penal por calle Molina. En estas circunstancias, el recorrido debió continuar a pie, siendo custodiados los detenidos por dos conscriptos y dos oficiales. Rigoberto Achú Liendo intentó violentar a uno de los conscriptos sujetándole el arma de servicio, ante lo cual éste echó pie atrás y descerrajó varios tiros, muriendo Achú Liendo en forma instantánea. En tales circunstancias, a la vez, intentó huir el doctor Absalón Wegner, por lo cual también el dispositivo militar debió hacer fuego, muriendo el detenido en forma instantánea.”

Los testimonios echan por tierra la versión oficial de que los detenidos habrían intentado huir del vehículo que los transportaba y que quedó en panne a unos 60 metros de la puerta del recinto carcelario, ya que sitúan el lugar del asesinato a unos 20 metros de la entrada del recinto y la patrulla militar casi en la puerta de la cárcel. Un dibujo entregado por un nuevo testigo, sitúa los hechos en concordancia con otro testigo apareció recientemente y en discordancias e incongruencias luego de la ronda de careos.

Hasta ahora, declararon más de 40 personas en esta causa, la que se reabrió tras la querella que interpuso el Gobierno a través del Ministerio del Interior en junio del 2011 en la Corte de Apelaciones de Valparaísoen. Las fojas acumulan sobre las 1600 páginas y se completaron con el careo entre los posibles procesados y dos testigos que aparecieron casi 40 años después del crímen.

El  caso ha convocado el interés de diferentes sectores de agrupaciones de derechos humanos en la ciudad. Incluso en la última jornada de careos en San Felipe, el concejal por el Partido Comunista, Ricardo Covarrubias, encaró al Dr. Navarro para enrostrarle a la cara que “Todo asesino vuelve al lugar del crimen”, junto con sindicarle que “estás pasando por el mismo lugar donde los mataron”.

Para los familiares de las víctimas hay un solo sentimiento: “la verdad tarde o temprano se descubre y aunque alguien haga algo muy oculto, siempre hay alguien que ve o escucha alguna cosa y en algún momento habla con la verdad. El Ministro ha hecho un trabajo práctico y muy rápido, y confiamos en que pronto habrá resoluciones”, es lo que nos señala uno de los familiares de Rigoberto Achú, que a la vez llama a quienes tengan algún dato nuevo que aportar para facilitar la justicia a que lo entregue, porque “las condiciones están dadas para hablar, con la garantía de que el Estado se ha involucrado en conocer lo que realmente pasó en esta causa”.

Los hechos según un preso político de la época

El bosquejo entregado al Ministro en visita en el que se representa la forma en que los cuerpos quedaron tendidos en la calle. (Click para ampliar)

“…el 13 de diciembre de 1973, después del encierro (en las celdas de la cárcel de San Felipe) y cuando era alrededor de las 19 horas, se abrió la puerta de la galería y sacaron al Dr. Absalón Wegner Millar y a Rigoberto Achu Liendo, según dijeron ” A la Fiscalía Militar”; es decir, al Regimiento Yungay de San Felipe. Un lúgubre silencio cubrió el penal, porque ninguna Fiscalía actuaba a esas horas…
El Dr. Wegner, como bien lo dice el Informe Rettig, era un individuo pasivo y romanticón y tenía confianza en que todo se arreglaría y volvería a casa y a participar en el nacimiento del que sería su hijo. No tenía nada punible; sólo para los tiranos, su ideología comunista.
Lo contrario de Rigoberto “Rigo”, desde su detención lo mantenían permanentemente en el Cuartel de Investigaciones. Las dos últimas semanas lo habíamos visto un par de veces porque no lograban inculparle de nada, ya que había sido un funcionario muy honesto y trabajador y pasaría a Consejo de Guerra (CG) pronto. Días antes nos habíamos encontrado Rigo y yo en la cancha de la cárcel. Estaba muy dañado físicamente, cada paso era una fuente de dolores, los verdugos en su cobarde superioridad lo estaban torturando salvajemente. Me dijo:
– ” Vi a tu mamá, ¡se portó bien”!
Se refería cuando Investigaciones la detuvo y la mantuvo allí, en ese cuartel.
Hablaba calmado, no mostraba en absoluto el padecimiento que producían en él las secuelas de los vejámenes practicados durante tres meses, desde el mismo 12 de septiembre.
Sus manos estaban recogidas, como muñones, por el exceso de corriente aplicada por sus verdugos. De sus oídos brotaba sangre que en sus orejas se coagulaba. Sus sienes amoratadas como sus pómulos, su rostro desencajado, pálido, calavérico y su piel de color indefinido, sus labios rotos y resecos. Pero en sus ojos había una mirada limpia, fuerte, resuelta, era como una luminosidad que le brotaba desde la profundidad mas recóndita de su ser. Como una unión a la vida. Sentí la viva sensación de estar ante un valiente, un real e inclaudicable revolucionario.
Después incluso comprendería que había estado frente a un valioso y leal mártir.
Me dijo:
– Flaco, no te preocupes, yo no te conozco-. Y comenzó a caminar hacia su celda sin pedir ni aceptar ayuda y sin demostrar ni el más mínimo quiebre.
Admiré su tolerancia.
La verdad era que sí nos conocíamos. Que sus ideales eran mis ideales. Durante tres años, en el Gobierno Popular, cuando nos encontrábamos, soñábamos y discutíamos nuestro proceso; Rigo era una lección de ecuanimidad política, de solidaridad, de entrega.
Tenía tanta corriente en su cuerpo que los Compañeros de su celda debían cubrir su catre, de lo contrario recibía enormes shocks eléctricos. Era como una batería humana.
El día 14 de septiembre pasaría al Tribunal Militar… “Circo” o Consejo de Guerra.

Aquélla tarde del día 13, una manta oscura y pesada de malos presagios cayó sobre el penal. Sin ni siquiera contacto visual y sin aviso, todos los internos, inclusive los reos comunes, quedamos en silencio. Yo estaba en celda numero 11 de la parte alta de la Galería, con presos políticos. que eran dirigentes de la Minera Andina. Uno de ellos trató de entonar “Te recuerdo Amanda”, pero no era posible. Las horas pasaban lentas y cargadas de misterio y a la vez esperanza, nadie hacía algo o dormía, el aire estaba espeso que apenas se respiraba.
Cada vez que se escuchaba la puerta, nos apostábamos en las rejas, apuntando nuestros pequeños espejos hacia la entrada, buscando una buena señal. Yo estaba imbuido en eso cuando el cabo Silva me ordenó: “¡Guarde eso!”. Fue un enorme sobresalto, porque no lo había visto y porque “eso” estaba prohibido. Pero la voz del gendarme sonó trágica, no como una orden sino como una queja, forma poco común en el personal y aún menos con Silva que era de los duros.
Alrededor de las 22 horas, se escucharon disparos, gritos, amenazas, carreras y más ráfagas de armas automáticas. Todo al frente de nuestra celda y por el lado de la calle. Quisimos protestar, gritar, pero no pudimos; todo el presidio estaba tenso. Nuestras mentes estaban tensas y pendientes, buscando en la nada una señal que nos indicara que todo era sólo un simulacro, para atemorizarnos a nosotros y a la población civil circundante. El ruido de vehículos y las carreras del personal de Gendarmería que lanzaba agua fue la clara señal de lo contrario, que habían asesinado a nuestros camaradas. Al día siguiente, todos estuvimos de duelo incluso los reos no políticos; en el exterior, las hordas dictatoriales se organizaban porque decían que era un “motín” y donde creímos que sería el comienzo de nuestro final. El jefe de la Zona, Comandante Héctor Orozco, trató de convencernos con la versión oficial, “Intento de fuga”, pero eso ya lo conocíamos y Cubillos le respondió: “Coronel, usted sabe que no es verdad”.
(Declaraciones tomadas del Informe Rettig)

 

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